Rina Ishihara permanecía de pie en aquella habitación, con la mirada serena y una presencia imponente. Sabía lo que la persona que tenía delante necesitaba: no dulzura, ni compasión, sino la experiencia definitiva de sumisión total a su control. El leve chasquido del látigo al cortar el aire era el preludio de sus órdenes; y aquella figura temblorosa era su respuesta más satisfactoria.